Revista Deck. Arquitectura, diseño y decoración.

Jardín de autóctonas

Por | Norberto Castellano

El uso del término “autóctono” (brevemente: originario del lugar) se ha vuelto tan frecuente como lo es el desconocimiento de su verdadero significado. Tanto que se lo reemplaza sin pudores por “silvestres” o “nativas”. Sin embargo, muchas silvestres tienen origen (“son autóctonas de”) lugares muy distantes. Simplemente, se encontraron cómodas y se “naturalizaron”. La característica que comparten es su adaptación a las condiciones de suelo y clima.
“Nativas”, refiere a una cuestión tan arbitraria como lo son los límites geográficos de los estados (los pehuenes son nativos de Argentina y de Chile, por ejemplo).
A los fines del diseño, donde se busca una recreación organizada del entorno, conservando su particular estética con aprovechamiento de las habilidades adaptativas en beneficio del ahorro de recursos y la salud ambiental, podemos entonces referirnos a las silvestres como un sinónimo aceptable.
Cuando el proyecto es concebido en su totalidad con base en las especies que crecen naturalmente asociadas en nuestro ambiente natural, limitándonos a una distribución adecuada a los roles que asignamos a cada una, el aprendizaje más dificultoso pasa por las exigencias de manejo: una adaptación frecuente en nuestros ambientes, donde depender del contenido de agua en capas superficiales resulta muy riesgoso para especies perennes, son las raíces profundas. Muy profundas. Lo suficiente para soportar largas sequías y ocasionales inundaciones. Una vez establecido, nuestro ejemplar de autóctona agradecerá que lo dejemos hacer lo que mejor sabe, con apenas alguna ayuda ocasional.
Si el plan es “poner algunas” autóctonas junto a las exóticas, las cosas merecen un poco más de análisis. La inmensa mayoría de éstas son amantes del sol. Después de todo, así han crecido: nuestra región podría considerarse casi desprovista de árboles, y las especies de mayor porte suelen proyectar sombras ligeras. La gran mayoría de las especies florales verán mermada su producción, si acaso no desaparecen, si se las priva de suficientes horas de exposición.

Haciendo nombres
Imposible hablar de autóctonas sin mencionar a las cortaderas (Cortaderia selloana). Recurso que parece obligado en cualquier jardín que se precie de moderno, ocupa un lugar de privilegio como elemento aislado, o formando macizos junto a dracenas, yucas y formios. O, en el otro extremo de su gran versatilidad, al borde de un cuerpo de agua. Comparando protagonismos, pocas más figuran ocasionalmente en los proyectos, aunque van abriéndose paso lentamente en los catálogos de viveros especializados.
Chañares de floración exuberante, sombras de toro de exquisita fragancia, a los que podríamos sumar algunas especies de algarrobos, compiten con ventajas frente a la mayoría de las exóticas usuales en el arbolado urbano, especialmente en nuevos barrios donde se privilegian criterios de sustentabilidad: además de su estética, todas ellas resultan útiles en otros sentidos, ya sea como alimento o medicina.
No está de más tomar en cuenta que nuestros alrededores presentan grandes variantes en cuanto a suelos y su vegetación asociada, llegado el momento de elegir. Adaptarse no siempre significa estar a gusto, y nos ahorraremos dolores de cabeza si tomamos la opción correcta: los suelos del salitral albergan una flora parcialmente distinta de la que prospera en los médanos, ambas diferentes de la que crece en las zonas toscosas.
Algunas especies de los géneros “Prosopis” (algarrobos) y “Schinus” (molles) preferirán ambientes distintos que los propicios para sus “parientes botánicos” cercanos. Los jumes (“Allenrolfea” o “Sarcocornia”) que llenan de color y textura el paisaje salitroso, pueden vestir jardines con suelos muy distintos si los pájaros no acaban con ellos.
Consciente de la inevitable injusticia, dado lo inabarcable de una lista completa, no puedo dejar de citar a algunas preferidas, en un rápido paneo sin distinción de porte, hábitat o roles en nuestro jardín: Cesalpinia gilliesii (barba de chivo), Discaria americana (brusquilla), Cyclolepis genis- toides (palo azul), Lippia (turbinata/citriodora, canescens = poleo/cederrón, yerba del mosquito), Larrea (jarillas), Limonium (guaycurú), Glandularia (verbenas), Hyalis argentea (olivillo), Heliotropium curassavicum (cola de gama), Grindelias, Habranthus, Senecios (varias especies de cada uno), Clematis montevidensis (cabello de ángel), Sphaeralceas, Sysirhynchium, Dichondra sericea, Grahamia bracteata, Opuntias (tunas), Echinopsis melanopotámica o Cereus aethiops.
A la hora de elegir, las gramíneas suelen figurar en los primeros puestos: la nueva estética del paisaje destaca las texturas y las formas, alejándose de la espectacularidad en la floración. Tan así es, que el paisajista suele sentirse impulsado a recurrir a ellas como condición imprescindible y sin haber estudiado las interacciones entre éstas (y la microbiología asociada) y el resto de las especies en jardines que incluyen exóticas, lo que suele deparar desagradables sorpresas.
Salvado el detalle, ellas dan la impronta más característica de nuestra región: los primeros ojos extranjeros que miraron los vastos pastizales quedaron impresionados por la enorme diversidad que se manifestaba en los infinitos tonos de verde y ocre de su ondulante fisonomía.
Hablar de autóctonas en nuestro jardín, es hablar de la reconciliación de nuestras tradiciones ancestrales con la nueva tierra a la que elegimos pertenecer. Bastante más que una simple moda.