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Disney lo volvió a hacer. Moana live-action con Dwayne Johnson no vale el viaje

Moana live-action con Dwayne Johnson no vale el viaje

Fotografía| Disney
Con Dwayne Johnson como el semidiós Maui y Catherine Laga’aia en el rol de la protagonista, la versión live-action de Moana llega a los cines el 10 de julio con todo el peso de una industria que prefiere lo seguro antes que lo original. El resultado es exactamente lo que muchos temían.

Disney lleva más de una década convirtiendo sus clásicos animados en remakes de imagen real. Desde La Bella y la Bestia (2017) hasta Lilo & Stitch (2025), el estudio demostró que la fórmula funciona económicamente, aunque no siempre artísticamente.

Ahora le tocó el turno a Moana, y el resultado es lo que muchos esperaban con resignación: una película que no justifica su propia existencia.

POR QUÉ DISNEY SIGUE APOSTANDO A LOS REMAKES

La respuesta corta es: plata. Películas como El Rey León (2019) o La Bella y la Bestia recaudaron más de mil millones de dólares cada una. En un mercado incierto, donde llevar al público al cine es cada vez más difícil, apostar a una marca conocida es la decisión más segura. Pero lo seguro raramente produce arte memorable.

En el caso de Moana, la ironía es doble: el original animado es de 2016. No es un clásico de hace cincuenta años que necesite una actualización; es una película que gran parte del público todavía recuerda con claridad. Hacer una versión live-action a diez años del original no tiene lógica creativa, solo lógica comercial. Y eso se nota en cada fotograma.

LO QUE FUNCIONA Y LO QUE DECEPCIONA

Hay que reconocer que el film no es un desastre. Las secuencias musicales —especialmente «You’re Welcome» y «Shiny»— son las más vitales de toda la película, e infunden energía justo cuando el relato empieza a desinflarse. La representación de la cultura polinesia tiene momentos genuinamente emotivos, y la relación entre Moana y su abuela Tala, interpretada por Rena Owen, es lo más cercano a algo auténtico que ofrece la producción.

Sin embargo, los problemas son difíciles de ignorar. Dwayne Johnson, cuya presencia magnética suele llenar cualquier pantalla, aparece extrañamente contenido. Maui es un personaje que requiere teatralidad y exceso, pero Johnson lo interpreta con una moderación que no le favorece.

Por su parte, Laga’aia como protagonista tampoco puede desplegar todo su potencial: la dirección de Thomas Kail frena cada escena cuando la emoción empieza a crecer, apurando hacia la próxima sonrisa esperanzadora antes de que algo se sienta real. El abuso de pantalla verde y CGI tampoco ayuda —la película tiene la textura visual de un comercial de autos de lujo: todo brilla demasiado, todo parece artificial.

UNA FRANQUICIA QUE NO NECESITABA ESTO

Lo más triste de esta Moana live-action no es que sea mala; es que es intrascendente. Todo lo que hace bien, la versión animada ya lo hizo mejor. Las canciones son las mismas, la historia es la misma, y la magia que hacía especial al original se diluye en una producción más preocupada por no fallar que por lograr algo memorable.

Mientras Disney avanza con más remakes —una versión live-action de Enredados ya está en producción y Lilo & Stitch 2 en preproducción—, la pregunta que queda flotando es cuándo el público se va a cansar de pagar entrada para ver versiones empeoradas de cosas que ya amaba. Con esta Moana, el estudio empuja esa paciencia un poco más al límite.