Fotografía | Netflix
Frankenstein de Guillermo del Toro es uno de los grandes estrenos del años. Marca un antes y un después en la carrera del director.
Lejos de cualquier adaptación clásica, Del Toro convierte al mito literario en una tragedia íntima, feroz y profundamente humana, sostenida por un elenco excepcional y por una sensibilidad estética que expande los límites del género.

UNA OBSESIÓN DE TODA LA VIDA
Para Guillermo del Toro, Frankenstein no es simplemente un proyecto: es una devoción.
Lo dice desde siempre. Su fascinación comenzó en la infancia, cuando vio a Boris Karloff en la película de 1931 y sintió que estaba ante un santo, un mesías, una figura que lo acompañaría para siempre.
Décadas más tarde, ese amor desemboca en Frankenstein de Guillermo del Toro, una película que reinterpreta el clásico de Mary Shelley con una mirada emocional, maximalista y cargada de humanidad.
Con Oscar Isaac como Víctor Frankenstein y Jacob Elordi como la criatura —acompañados por Mia Goth, Felix Kammerer, Charles Dance y Christoph Waltz—, el film se aleja de la lectura moralizante de Shelley para abrazar la tragedia de dos seres marcados por su herencia, sus miedos y la imposibilidad de ser protegidos del destino.
Del Toro no intenta repetir la novela: la expande, la vuelve íntima y, sobre todo, profundamente personal.

UNA CRIATURA CON ALMA, FURIA E INOCENCIA
Uno de los grandes logros de Frankenstein de Guillermo del Toro es su criatura. Jacob Elordi encarna a un ser que combina inocencia absoluta con una fuerza sobrehumana capaz de generar terror. No es un asesino sin motivo ni un monstruo moralmente ambiguo: es un recién nacido atrapado en un mundo hostil, impulsivo, vulnerable y desconcertante.
Para construirlo, Elordi se entrenó en danza butoh, estudió libros propuestos por Del Toro y observó incluso los movimientos de su propia perra golden retriever para dotarlo de una sensibilidad genuina. El resultado es una criatura que no solo habla con el cuerpo, sino con silencios que estremecen. Puede desollar, arrancar mandíbulas y lanzar cuerpos con una violencia brutal, pero al mismo tiempo ama, necesita, busca guía.
Esa contradicción —tierna, trágica y peligrosa— es el corazón emocional de la película.
En Frankenstein de Guillermo del Toro todos los caminos llevan a un solo eje: la relación entre creador y criatura.
Del Toro sostiene que “todos los hombres son productos y víctimas de sus propios padres”, y esa idea atraviesa la película con fuerza.
Víctor Frankenstein, interpretado por un Oscar Isaac preciso y desgarrador, no es el científico arrogante de otras versiones.
Es un hombre fracturado, obsesionado, atrapado por lo que heredó y lo que creó. Y su criatura, pese a su brutalidad, busca lo mismo que cualquier hijo: guía, pertenencia, amor.
La presencia de Mia Goth como figura materna añade una capa simbólica poderosa: ni Víctor ni la criatura pueden ser protegidos del destino que se cierne sobre ellos.
Es una tragedia, sí. Pero una tragedia profundamente humana.


























