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Una película que reivindica a las víctimas. Barreda vuelve sobre el femicidio que deshumanizó la cultura pop

Barreda: La película que reivindica a las víctimas

Fotografía| Prime Video
La película que se estrenó el 28 de agosto cambia completamente cómo contamos el caso de Barreda. No es un relato más sobre el asesino: es una reivindicación brutal de las cuatro mujeres asesinadas en La Plata el 15 de noviembre de 1992, cuyos nombres quedaron opacados por décadas por una cultura que lo convirtió en un chiste, en un ícono pop, en casi un personaje de merchandising. Desde hoy, sus historias son las que importan.

CUANDO EL CRIMEN PASÓ A SER MEME ARGENTINO

Los medios de los 90s hicieron su parte. Barreda se transformó en un personaje de la cultura popular —incluso sus declaraciones más reprochables quedaron en el imaginario popular como frases que «el argentino sueña hacer». Su abogado lo supo construir así: como un hombre sometido, humillado, en busca de una «reivindicación».

La narrativa fue tan potente que todavía hoy Machín advierte que eso sigue repercutiendo. «Somos absolutamente conscientes de que la gente sigue recordando eso», dice el actor que lo encarna. La película, entonces, viene a correrse de ese lugar complejo donde el femicida casi es un héroe.

EL ENFOQUE QUE FALTABA: LAS VÍCTIMAS COMO PROTAGONISTAS

Dirigida por Daniela Goggi, la película con elenco de lujo (Carla Peterson, Mercedes Morán, Maite Lanata y Margarita Páez encarnando a Gladys, Elena, Cecilia y Adriana) recupera historias que fueron sistemáticamente desplazadas. No es casual que aparezca la violencia psicológica, la económica, esa que no requiere golpes pero que paraliza. Peterson, quien interpreta a Gladys, lo dice claramente: «No necesitás que te peguen una piña para decir: ‘Che, es una persona violenta'».

UNA GENERACIÓN ATRAPADA EN LA IMPOSIBILIDAD DE SEPARARSE

Mercedes Morán toca algo crucial en su personaje de Elena: el momento en que intenta convencer a su hija de que se separe con esa frase que resume una época: «Estás esperando que él cambie y no va a cambiar». Para Morán, allí aparece el retrato de toda una generación para la que separarse no era una salida fácil y que postergaba esa decisión hasta ver a los hijos grandes. Esa era la realidad de muchas mujeres entonces —y la película no deja de recordárnoslo.

El rodaje fue intenso, sobre todo en las escenas de violencia. Los actores explican que hubo momentos técnicos y profundamente movilizantes, pero que paradójicamente el comportamiento violento del personaje de Machín —esos momentos cotidianos de tensión constante— era más inquietante que cualquier recreación del acto final. Porque eso, justamente, es lo que importa: cómo se vive la violencia día a día, no solo en su manifestación más brutal.