Fotografía | Chase Daniel
En el barrio de Travis Heights, uno de los más antiguos y verdes de Austin, Michael Hsu Office of Architecture reimagina una casa de ladrillos de 1851 para hacerla volver a respirar.
No desde la nostalgia, sino desde una idea mucho más poderosa: dejar que las distintas capas del tiempo convivan.
El estudio toma una de las residencias históricas más antiguas de Texas y la transforma en una vivienda contemporánea que no borra su pasado, sino que lo convierte en parte central del proyecto.
El resultado no es una restauración clásica ni una ampliación camuflada. Es un diálogo entre siglos, materiales, luz y paisaje. Una casa donde el siglo XIX, el XX y el XXI se encuentran sin conflicto.

UN TERRENO DONDE EL PASADO SIGUE PRESENTE
La casa original fue construida en 1851 por James Gibson Swisher, figura clave de la historia texana y uno de los firmantes de la Declaración de Independencia del estado.
En ese entonces, los recursos eran limitados: el propio Swisher montó un horno a orillas del río Colorado para fabricar los ladrillos con los que levantó su vivienda.

Hoy, esa estructura sigue en pie como la segunda casa de ladrillo más antigua de Texas. Su fundación original se convirtió, literalmente, en el primer nivel de la vivienda actual.
Caminar por ella es recorrer un suelo que guarda restos fósiles, huellas de antiguos habitantes del territorio y fragmentos de historia local que el proyecto decide no ocultar.
Lejos de buscar una estética museística, la propuesta de Michael Hsu parte de una idea simple y profunda: el tiempo no se disimula, se muestra.

UNA AMPLIACIÓN QUE NO IMITA, SINO QUE DECLARA SU ÉPOCA
El encargo del propietario fue claro: la nueva intervención no debía parecer antigua ni confundirse con la estructura histórica. Tenía que ser honesta con su tiempo.
Así nace la ampliación de vidrio orientada al norte, una pieza liviana, luminosa y transparente que se posa junto a la casa original sin competir con ella.

El contraste es evidente y deliberado: frente al peso del ladrillo, la levedad del vidrio; frente a la opacidad del siglo XIX, la apertura visual del siglo XXI.
Desde esta nueva ala se enmarca el paisaje urbano y se establece una relación directa con el exterior, haciendo que la casa deje de ser un objeto cerrado para convertirse en un mirador habitable hacia Austin.

INTERIORES QUE CONVIERTEN LAS HUELLAS EN RELATO
Durante la obra, los artesanos encontraron restos de madera quemada de un incendio ocurrido en los años 20. En lugar de descartarlos, el proyecto los resignifica: esas piezas carbonizadas se transforman en el revestimiento del techo del spa en planta baja.
El gesto resume el espíritu de toda la casa: nada se borra, todo se transforma.

Los ambientes históricos conservan una atmósfera más íntima, con iluminación suave, texturas profundas y un clima casi de lounge. La ampliación contemporánea, en cambio, es abierta, clara y expansiva, pensada para encuentros, vida social y conexión con el entorno.
Una gran escalera en espiral articula los cuatro niveles y funciona como eje vertical que conecta tiempos, funciones y sensaciones.

UN PAISAJE QUE TAMBIÉN ES ARQUITECTURA
El terreno de 1,25 acres —una rareza en pleno entorno urbano— permite que el proyecto se extienda hacia el paisaje.
Jardines con especies nativas, espacios recreativos integrados y una pradera verde sobre el techo del pabellón complementario construyen un ecosistema doméstico que no impone, sino que acompaña.
La casa no se posa sobre la naturaleza: se integra a ella. Y esa decisión la vuelve más contemporánea que cualquier gesto formal.


























