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La empleada. Por qué la nueva película de Sydney Sweeney y Amanda Seyfried no logra estar a la altura de las expectativas

La empleada - AMC
15/01/2026

Fotografía | @housemaidmovie
Entre el hype digital y la promesa de un thriller potente, La empleada llega cargada de expectativa. El problema es que, cuando baja el volumen del ruido online, queda una película más previsible, más larga y menos inquietante de lo que promete.

Dirigida por Paul Feig y basada en la novela de Freida McFadden, La empleada cuenta la historia de Millie, una joven con un pasado complicado que vive en su auto y necesita desesperadamente un trabajo para poder ordenar su situación legal. La oportunidad aparece cuando es contratada como empleada doméstica por una familia adinerada: los Winchester.

Una casa impecable, una vida que parece perfecta y una puerta de entrada a una normalidad que Millie anhela. Pero el paraíso dura poco.

Muy pronto, Nina —la dueña de casa— empieza a mostrar un comportamiento errático, manipulador y emocionalmente violento. El clima se vuelve opresivo, incómodo, inquietante. Millie duda, pero no puede irse: necesita el trabajo, necesita el ingreso y necesita probar que puede sostener una vida “normal”.

En ese contexto aparece Andrew, el marido, como una figura amable, comprensiva y, inevitablemente, seductora. A partir de ahí, la película avanza por un camino que, incluso sin haber leído el libro, resulta bastante fácil de anticipar.

CUANDO LO VIRAL MANDA MÁS QUE LA HISTORIA

El principal problema de La empleada no es su punto de partida —que es potente— sino su obsesión por no salirse del molde que ya funcionó como producto editorial. El guion se aferra tanto a respetar el libro y al fandom que deja pasar la oportunidad de transformarlo, tensionarlo o profundizarlo cinematográficamente.

En lugar de aprovechar el lenguaje del cine para complejizar personajes, explorar silencios, trabajar el clima o sugerir más de lo que muestra, la película opta por repetir fórmulas conocidas: giros marcados, símbolos subrayados, personajes que aparecen estratégicamente en reflejos de espejos, movimientos de cámara “sorpresa” y voces en off que más que sumar, explican de más.

Todo está pensado para no incomodar al público que viene buscando exactamente “eso”. Y en esa comodidad se pierde riesgo. Lo que podría haber sido un thriller psicológico sutil, perturbador y ambiguo, se convierte en una especie de melodrama oscuro de manual, heredero tardío de los thrillers eróticos de los 90, pero sin la tensión, el filo ni la transgresión que tenían en su momento.

UNA MIRADA ACTUAL QUE NO ALCANZA A SER PROFUNDA

Hay, eso sí, intentos claros de actualizar el relato: una mirada más centrada en la experiencia femenina, referencias al abuso emocional, a la violencia simbólica, a la desigualdad de poder y a la ceguera de clase. Pero esos temas aparecen más como capa discursiva que como motor real del conflicto. Están ahí, sí, pero no terminan de integrarse orgánicamente en la narración.

Algunas decisiones van en esa dirección: reducir el peso de ciertos personajes secundarios, reforzar la presencia de la hija adolescente y, sobre todo, elegir un final mucho más explícito, oscuro y violento que el del libro. Ese cierre, más crudo y menos sugerente, funciona como golpe de efecto y probablemente sea uno de los momentos más logrados del film. Llega tarde, pero llega.

El resto del recorrido, en cambio, se siente demasiado estirado para la historia que cuenta. Con menos duración y más precisión narrativa, La empleada podría haber sido una experiencia mucho más intensa. Tal como está, se parece más a una traducción literal que a una verdadera adaptación.

ENTRE EL ENTRETENIMIENTO Y LA OPORTUNIDAD PERDIDA

La empleada no es una película fallida en el sentido clásico: está bien producida, bien actuada y es perfectamente “mirable”. El problema es que promete más de lo que entrega. Juega a ser inquietante, provocadora y perturbadora, pero se queda a mitad de camino. No es lo suficientemente audaz para incomodar de verdad, ni lo suficientemente sofisticada para inquietar en silencio.

Para algunos espectadores eso será suficiente: dos horas de tensión liviana, giros reconocibles y un final impactante. Para otros, quedará la sensación de estar frente a una oportunidad desperdiciada: una historia con potencial que prefirió no arriesgar para no romper el molde que ya venía funcionando.

Las reseñas ya hablan de más libros, más entregas y la posibilidad de una saga. Si eso ocurre, quizás el mayor desafío no sea continuar la historia, sino animarse finalmente a transformarla. Porque el verdadero riesgo no es enojar al fandom, sino hacer cine que pase sin dejar huella.