Hay parques que cambian los mapas. El Parc de la Villette, en el arrondissement 19 de París, fue uno de ellos cuando abrió sus puertas en 1987 bajo el diseño radical de Bernard Tschumi. Cuarenta años después, este pulmón verde de 55,5 hectáreas vuelve a desafiar las convenciones: ya no solo como espacio público de vanguardia, sino como laboratorio vivo de biodiversidad y producción alimentaria en el corazón de una metrópolis.
El 28 de marzo de 2026 abrió al público la Ferme de la Villette, la transformación más significativa del parque desde su inauguración. Una granja urbana integrada en un conjunto de 15.000 metros cuadrados de nuevos paisajes diseñados para reimaginar la relación entre los habitantes de la ciudad y la naturaleza.
UN PARQUE NACIDO DE LA CONTRADICCIÓN
En 1982, París lanzó un concurso ambicioso para rediseñar los terrenos del antiguo mercado de carnes y mataderos del siglo XIX, abandonados en el noreste de la ciudad. El objetivo era crear un «parque urbano para el siglo XXI».
La propuesta ganadora de Bernard Tschumi Architects fue radical: en lugar de oponer el parque a la ciudad, lo extendía como parte de ella. Tres sistemas superpuestos —puntos, líneas y superficies— organizaban el espacio sin jerarquías claras. La señalización era mínima y los caminos se curvaban sin destino fijo. Una interpretación deconstructivista que convirtió a La Villette en referente del urbanismo europeo moderno.
Inaugurado por François Mitterrand, el parque fue durante décadas sinónimo de modernidad pública. Hoy, cuatro décadas después, vuelve a reinventarse respondiendo a una nueva urgencia: el cambio climático.

LA GRANJA QUE NACIÓ EN UNA FÁBRICA
El corazón de la nueva intervención es la Halle de Rouvray, un galpón industrial construido en 1914 como taller de metalurgia y carpintería para la Autoridad del Canal de París. Funcionó hasta 1994. Hoy, renovado por el estudio Carrière Didier Gazeau, alberga una granja urbana de 1.000 metros cuadrados.
El programa se divide en dos zonas. Por un lado, 550 metros cuadrados de espacio interior con talleres, espacios flexibles y encierros para animales. Por el otro, 450 metros cuadrados de patio exterior con gallinero, áreas de descanso y un horno de pan a leña.
Un espacio donde la producción de alimentos y la educación medioambiental conviven a la vista de todos los visitantes.
ANIMALES, JARDINES Y PÁJAROS
Alrededor del galpón principal se extienden tres zonas complementarias que conforman el nuevo ecosistema del parque.
Las Grandes Pâturages albergan burros, gallinas, cabras y colmenas, en un espacio dedicado al aprendizaje sobre bienestar animal y ciclos de vida. Los Jardins Passagers, creados hace 25 años bajo la filosofía del paisajista Gilles Clément, fueron ampliados con una huerta en tierra abierta, un invernadero para propagación de semillas, un área de compostaje educativo y un jardín sensorial accesible para personas con discapacidad.
Finalmente, el Champ des Oiseaux —ubicado en un terreno anteriormente vacío al oeste del parque— es un santuario para la observación de la naturaleza. Incluye un campo de trigo patrimonial de 300 metros cuadrados, una pradera de flores silvestres para polinizadores, un borde forestal y un canal de drenaje paisajístico que recoge el agua de lluvia para formar un humedal.
RESPUESTA AL CAMBIO CLIMÁTICO
La transformación no es casual ni decorativa. Forma parte de una estrategia mayor de adaptación urbana al cambio climático, impulsada durante la gestión de la ex alcaldesa Anne Hidalgo, quien colocó la renaturalización del espacio público en el centro de la agenda municipal parisina.
La Villette se suma así a una serie de intervenciones que están rediseñando el metabolismo verde de París. Entre ellas, el hospital-paisaje de Renzo Piano Building Workshop en Saint-Ouen-sur-Seine, con su jardín de 1,3 hectáreas en la azotea y un bosque urbano de más de 1.000 árboles.
CIUDAD QUE APRENDE A VIVIR CON LA NATURALEZA
Lo que la Ferme de la Villette propone va más allá de la agronomía. Es una pedagogía del habitar: aprender a coexistir con animales, a compostar, a reconocer plantas tintóreas, a observar pájaros en pleno centro metropolitano.
Un siglo después de que La Halle de Rouvray se construyera para transformar metales, vuelve a transformar algo más difícil: la forma en que una ciudad se relaciona con lo vivo. El parque que nació de la contradicción vuelve a demostrar que la mejor arquitectura no termina cuando se inaugura. Empieza.


























