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Sin mensaje, solo presencia. Smiljan Radić Clarke y una arquitectura que existe para ser habitada

Sin mensaje, solo presencia - Smiljan Radic Pritzker 2026

Hay algo radical en la simplicidad de la declaración. “No hay mensaje en lo que hago”, dijo Smiljan Radić Clarke al recibir el Premio Pritzker 2026 —el reconocimiento más alto de la arquitectura mundial. No como una provocación, sino como una convicción cultivada en silencio durante décadas, lejos de los algoritmos y las redes sociales.

El arquitecto chileno no tiene presencia en redes. Su estudio no tiene sitio web. En un mundo donde la visibilidad parece ser sinónimo de relevancia, Radić elige otra forma de existir: a través del espacio construido y de la experiencia que produce en quien lo habita.

CONTRA LA INTERPRETACIÓN

Hay algo que une a Radić Clarke con Susan Sontag y Bob Dylan: una resistencia activa a que su obra sea diseccionada en mensajes digeribles. En su célebre ensayo de 1966 Contra la interpretación, Sontag argumentaba que reducir el arte a un mensaje equivale a empobrecerlo. Necesitamos, decía, “una erótica del arte, no una hermenéutica”.

Radić parece haber hecho de esta idea una postura arquitectónica. Sus obras no se explican, se experimentan. El jurado del Premio Pritzker lo capturó con precisión: “Radić rechaza un lenguaje arquitectónico repetible; en cambio, cada proyecto es abordado como una indagación singular, anclada en principios fundamentales e informada por una historia no continua.”

No hay firma estilística. No hay curva que lo identifique, ni ángulo que lo delate. Hay, en cambio, una presencia.

EL PELIGRO DE LA ARQUITECTURA MEMEIFICADA

Vivimos en la era de la arquitectura reducida a imagen. Las curvas de Zaha Hadid, los ángulos de Daniel Libeskind, las formas fracturadas de Frank Gehry: son ideas que circulan como atajos visuales, comprimidas en una imagen y replicadas sin fricción. La plataforma digital privilegia lo reconocible, lo que puede expandirse viralmente.

Radić ve ese mecanismo con claridad y prefiere no participar: “No estoy en contra de las redes sociales, simplemente no las uso, porque no considero que sean una herramienta útil para el tipo de trabajo que hago. Es como si alguien te diera un taladro y sintieras la obligación de hacer agujeros en todas partes.”

La ironía es que su ausencia digital lo hace más presente. La arquitectura de Radić exige el cuerpo, exige el desplazamiento, exige estar ahí. No puede ser consumida desde una pantalla.

OBRAS QUE ESPERAN SER HABITADAS

Entre sus proyectos más reconocidos, el Pabellón Serpentine de 2014 en Londres permanece como una imagen perturbadora: un cascarón de fibra de vidrio apoyado sobre rocas brutas, como si hubiera caído del cielo y decidido quedarse. El interior alberga un café y asientos, pero la experiencia es la de estar dentro de algo vivo y suspendido.

En Chile, el Teatro Regional del Biobío exhibe otra faceta: una arquitectura que dialoga con la historia política y social de su contexto, que no ignora el suelo sobre el que se asienta. Y la Bodega VIK en San Vicente, construida en su mayor parte bajo tierra, se cubre con una membrana de fibra de vidrio que filtra la luz solar hacia los espacios interiores. Frente a ella, un espejo de agua refleja el paisaje. No hay espectáculo, hay contemplación.

El propio Radić lo describe con una imagen: “La arquitectura existe entre las formas grandes, masivas y duraderas —estructuras que se mantienen bajo el sol durante siglos, esperando nuestra visita— y las construcciones más pequeñas y frágiles, fugaces como la vida de una mosca. Dentro de esa tensión de tiempos dispares, buscamos crear experiencias que tengan presencia emocional, que alienten a las personas a detenerse y reconsiderar un mundo que tan a menudo pasa junto a ellas con indiferencia.”

UNA ARQUITECTURA SIN POSE

La era digital agudizó el dilema que Sontag describió hace sesenta años. Internet, los smartphones y ahora la inteligencia artificial son tecnologías que profundizan la desconexión del cuerpo con su entorno inmediato: las nubes sobre la cabeza, el piso bajo los pies. Un arquitecto —cuyo arte es dar forma al espacio físico— se enfrenta a una presión creciente para existir también en el plano de las representaciones.

Radić elige no ceder. Y esa resistencia no es nostalgia ni capricho: es una postura ética sobre qué significa construir con integridad creativa. No quiere que su obra funcione como un sermón sobre lo que es bueno o malo en arquitectura. Quiere que exista, que produzca algo en quien la habita, y que luego el intérprete se haga cargo.

EL PRITZKER COMO RECONOCIMIENTO A LO INCATEGORIZABLE

Que el Premio Pritzker 2026 haya recaído en Smiljan Radić Clarke dice algo sobre un momento de la disciplina. En tiempos en que la arquitectura compite por atención en el mismo feed que el entretenimiento y la política, el jurado eligió premiar a alguien que se niega a competir por esa atención.

Su carrera es una pregunta abierta: ¿qué puede hacer la arquitectura cuando decide no vender nada, no transmitir ningún mensaje, no ser útil a ninguna agenda? Puede, quizás, crear el espacio para que el mundo vuelva a ser percibido directamente. Sin duplicados. Sin atajos.

Eso, en sí mismo, es una forma de resistencia.