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Smiljan Radić Clarke. El arquitecto de la fragilidad ganó el Pritzker, y no es paradójico

Smiljan Radić Clarke - Pritzker

Fotografía |  The Pritzker Architecture Prize
Hay arquitectos que construyen para durar. Y hay arquitectos que construyen para que uno sienta el tiempo pasando. Smiljan Radić Clarke pertenece a los segundos.

Recientemente, el jurado del Premio Pritzker —la distinción más importante de la arquitectura— lo nombró laureado de este año. El primero en hacerlo desde la periferia, con un estudio de pocos colaboradores en Santiago de Chile, sin megaproyectos en el skyline de ninguna ciudad global.

Nacido en Santiago en 1965, de ascendencia croata y británica, Radić estudió en la Pontificia Universidad Católica de Chile y luego en Venecia, donde descubrió algo que no olvidaría: que la arquitectura puede hablar más de lo que puede explicarse. 

Desde 1995 dirige su estudio —compacto por convicción— desde donde completó más de 60 proyectos. Su obra no tiene firma formal reconocible. No hay un estilo. Hay una actitud.

«Personalmente, encuentro el estilo aburrido. Prefiero resolver cada proyecto caso a caso, creando lugares que lleven a las personas a pensar sobre su realidad material desde otro punto de vista.» — Smiljan Radić Clarke.

Smiljan Radić Clarke - Pritzker

Una arquitectura que pesa diferente

En el Pabellón de la Serpentine Gallery (Londres, 2014), uno de los encargos más emblemáticos de la arquitectura contemporánea, Radić presentó una estructura translúcida de fibra de vidrio —casi un capullo— levantada sobre un anillo de rocas de granito.

El resultado parecía imposible: algo antiguo y provisional al mismo tiempo. Geología y ligereza industrial en contacto directo.

Es la imagen que define toda su obra. Materiales industriales junto a materiales crudos. Estructuras que parecen estar a punto de desmontarse. Espacios que ubican al visitante en el tiempo no por su monumentalidad, sino por su fragilidad.

Smiljan Radić Clarke - Pritzker

TEATRO, TIERRA Y CULTURA EN CHILE

El Teatro Regional del Bío Bío (Concepción, 2018) envuelve su interior con una piel translúcida de policarbonato sobre estructura de acero. De noche, resplandece sobre el río como una linterna pública. No es un teatro que afirma poder. Es un teatro que propone asombro.

El Restaurante Mestizo (Santiago, 2006) es otro gesto característico: una cubierta horizontal sostenida por rocas de cantera de varias toneladas. La tensión visual entre lo pesado y lo esbelto convierte un almuerzo en una experiencia casi escultórica.

Y la Casa Pite (Papudo, 2005), enterrada en la topografía costera, deja que el Pacífico sea la pared más importante del espacio. La arquitectura retrocede. El horizonte avanza.

Smiljan Radić Clarke - Pritzker

EL SEGUNDO CHILENO

Alejandro Aravena fue el primero, en 2016. Ahora es Radić. El propio Aravena lo celebró con una frase que lo define bien: trabajando en «circunstancias implacables, desde el borde del mundo, con un estudio de apenas algunos colaboradores», Radić logra «hacer obvio lo no obvio».

El jurado lo resumió así: «A través de una obra posicionada en la intersección del lenguaje iconoclasta, la exploración material y la memoria cultural, Smiljan Radić privilegia la fragilidad por sobre cualquier pretensión injustificada de certeza.»

No es paradójico que el premio más grande haya ido a alguien que construye como si los edificios pudieran irse. Es exactamente el punto.