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La isla sin coches. El rincón del Reino Unido donde el mundo se detiene

Lundy Island: la isla sin coches donde desconectarse del mundo

Tres millas de largo, apenas media de ancho y a 20 kilómetros de la costa de Devon: Lundy Island es una de las islas habitadas más remotas del Reino Unido. Sin coches, sin rutas, sin contaminación lumínica. A medianoche, los generadores se apagan y el cielo se cubre de constelaciones que el continente ya casi olvidó. Para quienes buscan una desconexión real, Lundy es algo cercano a un milagro.

UN LUGAR DONDE EL TIEMPO SE DETIENE

Llegar ya es parte de la aventura. En invierno, un helicóptero hace el trayecto en siete minutos; en verano, el barco MS Oldenburg cruza el Canal de Bristol en dos horas desde Bideford o Ilfracombe. El canal es impredecible —las travesías pueden cancelarse sin aviso— y eso, lejos de ser un problema, forma parte del encanto: en Lundy, nadie controla el tiempo.

La isla tiene nombre nórdico. Lundy significa «isla de los frailecillos» en antiguo noruego, y no es casualidad: los puffins son uno de sus tesoros. Antes de un ambicioso plan de erradicación de ratas completado en 2009, quedaban apenas cinco individuos en toda la isla. En 2023, la población llegó a los 1.335 frailecillos. Una historia de conservación contada en plumas y madrigueras.

AISLAMIENTO QUE CONECTA

No hay señal de internet estable. No hay alumbrado público. Hay 23 propiedades para alquilar —desde antiguas casetas de pescadores hasta una sala de radio reconvertida— y una sola taberna, la Marisco Tavern, que nunca cierra. Es el corazón social de la isla: allí se reúne todo el mundo cuando llega la tormenta, cuando se apaga la luz o simplemente cuando cae la noche.

Los días giran en torno a placeres simples: caminatas hasta los acantilados de Jenny’s Cove, donde se puede ver un naufragio desde las alturas; picnics entre las ruinas de antiguas canteras; ponies salvajes que se acercan sin miedo. Cada jueves, los guardas de la isla dictan una charla de naturaleza en la taberna. La participación es voluntaria, pero casi todos asisten.

CONSERVACIÓN EN ESTADO PURO

Lundy funciona como un laboratorio ecológico único. Al ser tan autónoma, cada variable —pastoreo, acceso, vegetación— puede controlarse con precisión. Durante 25 años, voluntarios han rastreado colina por colina para eliminar semillas de rododendro invasor plantado en los años veinte, que amenazaba la flora nativa. Donde antes había dosel oscuro y cerrado, hoy florecen plantas endémicas como el característico repollo amarillo de Lundy.

Muchos visitantes vienen a la isla a trabajar: participar en proyectos de anillado de aves, restauración de hábitats, monitoreo de especies. El voluntariado es parte natural del turismo aquí. Y eso genera algo difícil de encontrar en los destinos más concurridos: una comunidad real entre quienes llegan y quienes viven en la isla.

POR QUÉ VALE EL VIAJE

En una época en la que casi todos los destinos del mundo están a un par de clics y un vuelo de distancia, Lundy Island ofrece algo que el mercado del turismo masivo no puede empaquetar: la sensación genuina de estar lejos de todo. Sin luz artificial después de la medianoche, sin cobertura de datos, sin el ruido constante de lo digital.

El paisaje es ventoso y austero, los cielos son brutalmente hermosos y la única urgencia posible es llegar a tiempo a la Marisco antes de que se acabe la cerveza artesanal. A veces, eso es suficiente.